Introducción

Todos desde pequeños nos hemos sentido intrigados y atraídos por los objetos mágicos: elementos que desafiaban las leyes de la naturaleza y revelaban poderosas capacidades ocultas que en muchos casos ayudaban al protagonista del cuento, leyenda o mito a superar las adversidades y alcanzar un logro final.

En los tiempos actuales el mayor exponente cultural de este fenómeno ha sido el efecto Disney, presente en la mayoría de películas de esta productora y consistente en que objetos inanimados adquieren vida y consciencia y ayudan al personaje principal en su misión. Uno de los ejemplos más paradigmáticos son las escobas que barren solas del clásico El aprendiz de brujo, contenido en el largometraje Fantasía, pero otros populares ejemplos son el espejo mágico de Blancanieves o los candelabros, relojes y tazas animados de La Bella y la Bestia.

Escobas que barren solas - El aprendiz de brujo
Escobas que barren solas - El aprendiz de brujo

Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Arthur C. Clarke nos dejó esta cita ampliamente mencionada cuando nos referimos a los avances tecnológicos y que es extraordinariamente relevante en el contexto que nos ocupa. Lo que antes interpretábamos culturalmente como magia es ahora una realidad diseñada y planificada, documentada y operada por tecnólogos en todo el mundo. Las escobas mágicas son los robots autónomos barredores que tenemos en muchas casas, los espejos mágicos son los teléfonos móviles conectados a internet con buscadores que actúan como oráculos omniscientes respondiendo a nuestras preguntas a viva voz, y cada vez tenemos más electrodomésticos, cuyo valor reside incrementalmente en la electrónica y el comportamiento (software) que son capaces de desarrollar, adquiriendo el adjetivo «inteligentes».

Incluso el propio término «objetos mágicos» que hemos empleado informalmente en la introducción ha dado paso al concepto de enchanted objects (objetos encantados) utilizado por David Rose, uno de los innovadores más activos en esta área.

Bajo el concepto de «Internet de las cosas» encontramos la idea primordial de que los objetos que nos rodean, sean electrodomésticos, vehículos, ropa o latas de refresco se convierten en ciudadanos de primera clase en internet, productores y consumidores de información, generada por ellos mismos, por las personas o por otros sistemas.

Todo avance tecnológico debería conllevar una contribución al desarrollo de la humanidad.

Desde este punto de vista, ¿qué es lo que puede aportar Internet de las cosas? ¿Cómo pueden los objetos conectados a internet hacernos vivir más felices, mejor o más tiempo?

Vamos a proponer un ejemplo muy sencillo con el que se ha experimentado en múltiples proyectos de investigación: la silla inteligente. La silla inteligente parece una silla normal, de hecho lo es, pero bajo el respaldo y el asiento tiene unos pequeños sensores que detectan continuamente la postura del usuario. Dichos datos son enviados a través de un módulo inalámbrico a unos servidores que los analizan, los almacenan y generan patrones que sirven para conocer si la persona adopta una postura apropiada, si pasa demasiado tiempo en la misma posición o si no realiza suficientes descansos. Toda esta información puede ayudar a que dicho usuario cambie su postura que redunde en un alivio de los dolores de espalda que sufre periódicamente. En algunas variantes de la silla inteligente, esta vibra cuando la postura no es adecuada, lo que provoca un cambio inmediato en el usuario, que inconscientemente va adoptando/aprendiendo la posición correcta.

Sin embargo, la reflexión más interesante de este ejemplo es la siguiente: la proposición de valor de la silla ha cambiado sustancialmente, pasando de ser un mueble a un dispositivo médico para prevenir dolores lumbares.

Debemos detenernos un momento en esta reflexión, pues sin lugar a dudas puede ser el mayor éxito de Internet de las cosas: la capacidad de crear una nueva proposición de valor, diferente, enriquecida, mediante un objeto tradicional al que se le ha añadido la conectividad a internet, la potencia de procesos de análisis de datos en la nube y, por lo tanto, la capacidad de ser más inteligente.

El horizonte que se abre es tan amplio como inédito: ¿qué nuevos productos híbridos pueden surgir cuando dotamos de capacidad de acceso a internet a objetos tradicionales? ¿Qué nuevos flujos económicos pueden originarse si un fabricante regalara la silla inteligente para fundamentar su modelo de negocio en cuotas mensuales por el servicio de monitorización de salud (paso de un modelo de ingresos basado en venta de producto a uno basado en suscripción de servicios)? ¿Cómo pueden estos nuevos objetos inteligentes y omniscientes ayudar a las personas?

INTERNET DE LAS COSAS    |    Hugo González Huerta
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